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Bajo La Estrella

Blog de Andrey VR

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diciembre 2014

¿Qué pasa en Cuba?

Tal y como está concebido en los Lineamientos de la Política Económica y Social aprobados por el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba y su I Conferencia Nacional, en Cuba se produce una actualización del modelo económico, y no de su sistema.

El sistema está montado sobre la propiedad de todo el pueblo, siendo la empresa estatal socialista el núcleo de su economía; el pleno empleo; salud y educación gratuitas y universales; subvención de los servicios básicos (agua, electricidad, libreta de abastecimiento, etc.); entre otros. Por otra parte, un cambio o actualización de modelo supone la adecuación de determinadas prácticas, atendiendo a las circunstancias actuales, pero siempre dentro del marco que impone el propio sistema.

Aun así, el nivel de pragmatismo que se evidencia hasta el momento hace que muchos se muestran escépticos, y hasta temerosos, de las medidas que se llevan a cabo. Una muestra de ello es la ausencia de una plataforma teórica (conocida públicamente) que sirva de guía, tanto para el gobierno como para el propio pueblo en general. Todos podemos cometer errores, pero de existir un programa construido colectivamente sería más fácil determinar y enmendar las desviaciones, cosa muy común en procesos tan complejos como este; y también serviría de juez imparcial ante aquellos oportunistas y revisionistas que puedan afectar, consciente o inconscientemente, el éxito y cumplimiento del plan, comenzado explícitamente en 2011. No se trata de dejarse llevar por el pragmatismo y tomar medidas dada la situación inmediata; se trata de pensar en el futuro comunista que se desea construir.

La definición de una teoría del socialismo (o del comunismo) fue una tarea pendiente que nos legaron los clásicos del Marxismo-Leninismo. Si bien plantearon algunas ideas y advertencias acerca de la construcción del sistema social que aparecería luego del capitalismo, nunca pudieron realizar estudios profundos al respecto. A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI los autores (tanto líderes políticos como intelectuales) se han detenido a reflexionar sobre cuestiones muy generales y abstractas o, en el otro extremo, en casos muy específicos.

El caso cubano es muy rico en el campo teórico y práctico. Los cubanos han sabido conservar las peculiaridades que lo caracterizan como pueblo, al tiempo que han desafiado toda “lógica” construyendo un sistema que ha cumplido bien los períodos de transición al socialismo. A esto se suma el hecho de resistir por casi 60 años el bloqueo económico que la mayor potencia del mundo le ha impuesto. Además, han continuado fieles a sus principios y metas pese a la caída del Campo Socialista y la URSS, cosa esta que evidencia la autenticidad del proceso revolucionario.

Es justamente, la llamada “Actualización…”, el empecinado intento de Cuba por hacer de su pueblo el más culto y libre del mundo (al decir de Fidel Castro), pero a la vez con un socialismo próspero y sostenible, como convoca Raúl Castro. Es una muestra del compromiso con la ética construida por la revolución que triunfara en 1959 y con la justicia y la democracia plena y participativa (no exenta de errores y deficiencias) con que cuentan, sin ceder ante los imperios que a lo largo del tiempo han intentado someterla.

¿Reforma o Revolución?

En el discurso oficial no se utiliza la palabra reforma, y en la calle solo se refieren a este proceso como “los lineamientos”. Sin embargo, no son pocos ya los sectores intelectuales, políticos y populares que empiezan a manejar, aunque de modo titubeante, el término “reforma”. ¿A qué se debe eso?

En la historia del movimiento revolucionario mundial la dicotomía reforma vs. revolución siempre ha estado latente y ha fraccionado a no pocos grupos y partidos. La izquierda revolucionaria siempre ha apostado por la revolución como la vía indispensable para alcanzar sus metas, pero otros sectores de la izquierda defienden a la reforma y la transición pacífica como la mejor manera de llegar al socialismo. Sería complicado explicar por qué este asunto se ve solo en blanco y negro. Yo pienso que la causa de mayor peso se debe al hecho de entender tanto a la revolución como a la reforma como un punto de inflexión en el devenir histórico y no como procesos de larga duración.

Cuba ha defendido siempre que su Revolución no fue solo la victoria obtenida en 1959, sino todo un proceso de larga data que se inició en 1868 con la liberación de los esclavos y el llamado a la lucha insurreccional, y que continúa hasta el día de hoy. Porque la construcción del socialismo, en especial el período de tránsito hacia él demanda una constante revolución de todos los aspectos de la vida.

Una de las críticas que llegan desde esta isla al modelo que fallara en la URSS es precisamente que el pueblo soviético entendía como revolución solamente los sucesos de 1917, pero que todo lo transcurrido después no lo era. Es por ello que a los comunistas cubanos no les resulta raro denominar como conservador (y hasta contrarrevolucionario) la manera en que supuestamente se edificó el socialismo en la URSS, y por tanto su consiguiente autodestrucción.

En Cuba, cada día se hace revolución, porque a su entender es tan heroico y difícil luchar para conquistar el poder, como mantenerlo en manos de todo el pueblo y edificar una sociedad de nuevo tipo. Por otra parte, dada la prejuiciada herencia de lo que se puede entender por “reforma” pareciera de primer momento disminuir o menospreciar lo que se ha hecho en revolución. El debate reforma vs. revolución aún no ha concluido, y por tanto no existe un consenso en lo que se entiende por cada uno de dichos concepto. A mi entender lo más importante no es cómo se define, sino lo que se haga efectivamente. Llamarle reforma, actualización o revolución dentro de la revolución a lo que acontece en Cuba es prácticamente insignificante respecto a lo que en definitiva se está haciendo y cómo lo llevan a cabo.

Un fantasma recorre Cuba… es el fantasma de la URSS.

Estudiar y aprender sobre lo acontecido en la URSS hasta su desmantelamiento en 1991 ha estado entre las prioridades de los cubanos. Sobrevivir a la caída del bloque comunista no ha sido solo capricho o un milagro, todo lo contrario, ha demandado esfuerzo y sacrificio. Dejar esperando a los capitalistas por el retorno de la isla-país a la era anterior a 1959 no ha sido por la tozudez de una dictadura, sino por un consenso social y una convicción con el sistema social que se propusieran construir. No obstante, para muchos, dentro y fuera de Cuba, el fantasma de la URSS sigue al acecho.

El perenne temor a que se repitan los sucesos acontecidos en el gigante euroasiático a fines de los años ’80 y a lo largo de los ’90 mantiene a muchos en vilo. Constantemente se comparan medidas, efectos y circunstancias de lo que sucede en Cuba hoy con lo que llevó al desplome al Campo Socialista. Aunque muchos especialistas y políticos remarcan con frecuencia las distancias y diferencias entre ambos casos, otros insisten en que es preciso atender aquellas tendencias y puntos de contacto que a todas luces se manifiestan.

En el ámbito estrictamente económico una de las premisas más defendidas por Raúl Castro es la de “hacer la cosas sin prisa pero sin pausa”, aludiendo a la rapidez y desorganización con que se realizaran las reformas en la URSS, y que produjo un caos que lanzó de un año a otro a millones de soviéticos a la pobreza. El orden, el control y la planificación de la Actualización del modelo cubano son las premisas más defendidas por el gobierno. Y es natural, porque la delicada situación económica en que se encuentra Cuba nadie puede darse el lujo de improvisar.

Por otra parte, no son pocos los experimentos que se realizan en diferentes sectores, desde la administración regional hasta la planificación nacional. Algunas de ellas, como la creación de dos nuevas provincias, criticadas por la falta de consulta popular; otros, como la eliminación y/o disminución de productos en la Libreta de abastecimientos, como anticipados contraproducentes. Todos los casos muy debatibles y atados a las circunstancias.

Pero el mayor de los fantasmas soviéticos, y que aún está más adormecido que el resto, es aquel que se refiere a los cambios políticos. En la URSS la reforma falló, entre otras cosas, porque se abandonó la reforma económica en pos de un aventurismo en la reforma política. Hasta el momento en Cuba eso no ha sucedido y todo parece indicar que no ocurra por lo pronto. Sin embargo, hay hechos que no se podrán posponer: Raúl castro ya ha sentenciado que este será su último mandato, y con él se retirará en lo fundamental la Generación del Centenario, campeona del triunfo revolucionario de 1959. No creo que la pregunta sea quién lo sucederá en el cargo (todo indica que será el popular vicepresidente Miguel Diaz-Canel), lo importante es determinar si el pueblo cubano acepta mantener con esta nueva generación de dirigentes el modelo político actual.

En Cuba no hay oposición política. Los pocos disidentes pagados por EEUU no tienen crédito ante el pueblo; por ello la exigencia de un pluripartidismo no parece auténtica. Aunque sí demandan al Partido Comunista que se modernice y active sus labores junto a las masas. Por otra parte, que sea la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) la que postule y elija al presidente de los Consejos de Estado y de Ministros parece ser la exigencia más demandada. Fidel estuvo al frente del país tantos años (desde 1976 hasta 2006, sin contar su labor como primer ministro, de 1959 a 1976) porque el pueblo así lo aceptó y respaldó, pero ahora no hay nadie que pueda ocupar ese lugar. Es por ello que el voto universal, directo y secreto cada cuatro años para elegir la figura más alta del ejecutivo sí está entre las demandas de muchos. Cumplir con esta petición solo fortalecería la confianza de pueblo en sus dirigentes y dotaría al sistema de un respaldo y fortaleza sin precedentes.

En estos momentos se ejecuta un deslinde entre las funciones estatales y administrativas, y entre las partidistas y las administrativas, quedando pendiente la separación entre las estatales y las partidistas; aunque esta última se torna compleja en tanto no existe en ningún país del mundo ni en ningún sistema político el hecho de que un partido en el poder no se ocupe del gobierno. Claro, recordemos que los clásicos del Marxismo-Leninismo avizoraban con la eventual profundización del socialismo y la llegada del Comunismo la desaparición del Estado. Y esa debe ser la meta, contrario a lo que ocurrió en el Campo Socialista, donde se retornó a las formas burguesas de un Estrado repartido en tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), el pluralismo burgués y la partidocracia en parlamentos totalmente enajenados del sentir del pueblo.

En lugar de crear más partidos lo que debe hacerse es profundizar la democracia socialista, que es la más completa y profunda de todas, en tanto es directa y participativa. Y con ello aumentar el diálogo entre todos los sectores de la sociedad y el consenso en la toma de decisiones. No se trata de fragmentar el país en distintas posturas políticas, sino de unirse y trabajar juntos, sin que ello denigre el debate y la pluralidad de opiniones. En lugar de encasillarse en el modelo republicano, al estilo que nos legara Francia, deberían los cubanos marchar hacia una nueva forma y concepción del Estado, que en su marcha al comunismo debe ser la Comuna, en sustitución de la República.

Teoría y Práctica

Por la complejidad de todo lo expresado se hace indispensable que los cubanos recuerden que en la construcción de la sociedad de nuevo tipo, la sociedad socialista, teoría y práctica deben ir de la mano, sin que una esté muy por encima de la otra. Los Lineamientos deben tener su similar Teórico, sin dudas es difícil, pero no imposible. La teoría del socialismo se encuentra muy atrasada si se contrasta con el devenir social del mundo y en especial de las experiencias revolucionarias de las últimas décadas. Cuestiones tan elementales como qué se entiende por socialismo, comunismo, período de transición al socialismo, papel y carácter del Estado en el socialismo, partidismo político, vanguardia política, economía socialista, estilo de vida en el socialismo, ética socialista, etc., aún están sometidas a debate.

Para que los Lineamientos cubanos se ajusten a las propias exigencias que lo concibieron, esto es, prosperidad y justicia social, deben estar en plena sintonía con la teoría socialista y las prácticas, cada vez más democráticas (y por tanto más socialistas) que se ejecutan con cada medida aprobada. No se trata tan solo de eliminar un verticalismo de arriba hacia abajo, ni de construir uno de abajo hacia arriba, ni mucho menos de entronizar una caprichosa horizontalidad. Se trata de fundar una multidireccionalidad que vaya en todos los sentidos y que pueda, a su vez, retroalimentarse y reconstruirse en base a las críticas y el consenso.

Lo que sucede hoy en Cuba no es solo un problema de los cubanos, es de todos aquellos en el mundo que luchan en pos de un nuevo orden internacional, socialista e internacionalista. Cuba fue el faro de los revolucionarios de todo el orbe cuando en los años 90 del siglo pasado los países socialistas desaparecían, los Partidos Comunistas se desintegraban, EEUU imponía su hegemonía y se decretaba el fin de la historia. Gracias al ejemplo cubano la izquierda ha renacido y se ha consolidado, no solo en la América Latina, sino también en Europa y Asia.

Es hora de que asistamos a los cubanos en estos momentos difíciles y delicados, al tiempo que debemos aprender de este maravilloso proceso creativo en el que se encuentran.

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¿Adónde van los catalanes?

La victoria de los independentistas catalanes en la votación simbólica efectuada este 9 de noviembre es la muestra palpable de las ansias de ese pueblo por su soberanía y autodeterminación. Tal vez el gobierno, encabezado por Mariano Rajoy y el Partido Popular, no lo logran comprende, y acudan a las leyes para desacreditar su validez. Pero lo cierto es que tales comicios son un punto de inflexión en la historia de España.

En contraste a lo sucedido en Escocia hace un mes atrás, los ibéricos no han titubeado, siendo más del 80% de los participantes los que apoyaron el SÍ independentista. A pesar del carácter no vinculante de este proceso los habitantes de Cataluña fueron en masa a recordarle a Madrid que ellos no desean seguir bajo la dominación española.

Pese al intento fallido de la Generalitat por organizar un referéndum formal, todo parece indicar que la euforia de este triunfo intensificará el reclamo de la población a fin de que Arthur Mas y su coalición radicalicen sus gestiones en aras de alcanzar la definitiva independencia.

Pero suponiendo que los catalanes obtengan lo que tanto añoran, ¿qué sucedería después? Puede que hacer pronósticos sea muy anticipado, pero de seguro que este pueblo ya se los ha hecho. No se trata de un juego, es el destino de millones de personas y el destino de un país (España), e incluso de la Unión Europea (UE). Por parte del gobierno central habría que esperara saber qué partido político se encontraría en el poder, aun así el rey Fernando VI se mantendrá intransigente. En el caso de la UE el mayor porcentaje lo determinará la postura de Madrid, aunque de seguro otras naciones del bloque con conflictos internos similares presionarán para que no se reconozca la eventual independencia.

Es muy probable que los catalanes se vean ahogados ante un acoso económico y diplomático, pero eso ya lo saben bien. Habría que esperar a ver cuánto están dispuestos a resistir el aumento de las penurias económicas, ya de por sí bastante deterioradas. Claro, una Europa maltratada por la crisis financiera no deberá darse el lujo de perder un mercado tan importante como el catalán. Desde otras latitudes hay muchas naciones que están dispuestas a reconocer al nuevo Estado, y con ello el intercambio con un mercado sin los rivales europeos. Estoy seguro que la UE se sentiría tentada de perder socios favoreciendo a sus competidores americanos y asiáticos.

Una eventual independencia de Barcelona serviría de ejemplo y estímulo para aquellos pueblos europeos que ansían la separación. En la misma España, el país Vasco no dudaría en lanzarse definitivamente por su añorada soberanía, por lo que el mapa ibérico quedaría muy parecido a lo que fuera antes de 1491, año en que se culmina el proceso de unificación entre los distintos reinos.

Gran parte de Europa es un potencial polvorín de pueblos deseosos por su soberanía. Aunque dichos reclamos son silenciados constantemente por la gran prensa son conflictos que están latentes y salen a relucir en momentos de crisis especialmente económica. Si la UE tomara en serio su futura integridad debería replantearse las relaciones interétnicas e interestatales, a fin de que sean respetados los derechos de sus pueblos a la autodeterminación y al mismo tiempo que se mantenga la estabilidad social y económica de esa región. Muchos de los críticos de la Unión tienden a comparar al grupo con la Unión Soviética, y proclaman constantemente que sufrirá el mismo destino de esta última.

Válido o no este análisis, el hecho es que a los catalanes no les interesa otra cosa que ser tratados con la dignidad que se merecen. Reivindican el derecho al uso de su idioma y el desarrollo cultural propio. Abogan por manejar sus riquezas y leyes según la voluntad de su pueblo y no según el dictamen de otros. Constantemente denuncian el atropello y desdén con que Madrid los trata. Este último aspecto resulta uno de los más utilizados contra aquellos que aluden al sentimiento de hermandad entre “la gran familia española”, persuadiéndolos para que continúen dentro de fronteras.

Mariano Rajoy y el PP no han tenido la prudencia de David Cameron, ofreciendo más derechos y autonomía a los escoceses a cambio de renunciar a la independencia. La intransigencia del jefe del gobierno español solo ha radicalizado las posturas de los independentistas. Los catalanes saben que es un asunto de todo o nada. Madrid nunca ofrecerá a Barcelona las prebendas que Londres le ofreció a Edimburgo con tal de mantener la unidad nacional. De quedarse dentro de España, Cataluña seguirá igual o peor.

Sería justo preguntarse, una vez llegados a este punto, si la separación es la respuesta de los problemas, tal y como muchos detractores de este proceso señalan. Pienso que visto de un modo descontextualizado no sería difícil acusarla de propuesta errada, pero la historia, y aún más, el presente, no se analizan fuera de contexto. Si para fines del siglo XV a estos pueblos les resultó provechoso unirse (suponiendo que fuera aceptado este punto de vista) en su lucha contra los moros, etc.; hay que admitir que en el presente esa no parece ser la fórmula. Pero por encima de todo, di si es correcto o no, lo que no se debe violar nunca es el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Si los catalanes se equivocan o no con su elección es un asunto de segundo orden, lo principal es que se ejerza la democracia a la hora de elegir y la potestad a la hora de hacer valer el resultado sin que otro pueblo lo impida.

La culpa de que en Cataluña los ánimos independentistas hayan tomado los niveles de hoy se debe a que el monarca y su gobierno no han sabido ajustar sus leyes y políticas a las nuevas realidades y a las demandas de sus súbditos. La arrogancia de Madrid, tarde o temprano recibirá su castigo y es muy probable que sean los catalanes los primeros en ajustar cuentas. En lugar de menospreciar lo sucedido este 9 de noviembre el gobierno central debería reflexionar profundamente sobre su significado, si en serio no desean ver a España convertida en un tablero de ajedrez.

La dirección en la que se dirigen los catalanes les queda a ellos bien claras: van en busca de ejercer sus derechos y de un futuro mejor para los suyos. Nosotros, el resto de sus hermanos de todo el orbe, debemos mediar para que nadie salga dañado en la solución del conflicto.

Independencia no significa divorcio, significa respeto y estima. La imposición solo acarrea males e injusticias. Que los catalanes se quieran marchar de España no debe ser motivo de inquina y hostilidad. Lo sabio es reconocer cuando nos equivocamos, pedir perdón e intentar empezar de nuevo. Ese sería, tal vez, el mejor final de la historia. Si Madrid reconociera a una Cataluña independiente no dudarían que estos juntos pudieran trabajar con mejores fórmulas para solucionar el deprimido estado en que se encuentran sus sociedades y economías.

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