Ahora critican a la URSS. Desmoralizan a lo que denominan “período del poder soviético”. Se olvidan que una vez fueron ciudadanos de aquel país. Tal parece que la URSS solo les pertenecía a “esos otros”, a “ellos”, la “nomenclatura”. Pero se equivocan enormemente: el pueblo también fue la URSS, fueron los constructores de aquella civilización que quiso construir el cielo en la tierra. Es muy fácil atribuir las culpas del fracaso a los líderes y el sistema “totalitario”. Mas la URSS cayó también por culpa de todos sus habitantes. Y de lo que aún queda vivo de ella la mayor parte se refugia en lo profundo de aquellos 145 millones de corazones.

El consenso está bastante formalizado: “ellos” construyeron un proyecto equivocado y arrastraron al pueblo por ese camino. Pero, ¿y el proyecto del pueblo, de la gente común, de los grupos informales que soñaban un país, una patria, una civilización y vivían, trabajaban y morían por ella? Nadie puede negar que eso existiera. ¿Por qué no se habla de todo lo bueno que hubo ahí? (¡No se habla ni de lo malo!) Que nadie diga que trajo como resultado la Federación que existe hoy. La transición y la implementación de los nuevos 15 países fue un fenómeno de élites, que el pueblo se resignó a tolerar.

Hablo de la URSS del pueblo, del país tal y como lo vivían y soñaban las gentes sencillas, desvinculadas del poder. Hablo del ideal primigenio, no del resultado amorfo y contaminado, hablo de la lucha por la que trabajaron y murieron los padres fundadores de la Revolución y aquellos hijos que perecieron en las guerras posteriores. Busco reivindicar el humanismo, la solidaridad, la emancipación política y espiritual, la realización plena del ser humano, es decir, del verdadero comunismo.

Aquí no vengo a analizar a Stalin o sus purgas y gulags, a Brezhnev con su estancamiento o a Gorbachov con sus reformas. ¡Ya de todos esos estamos hartos! Vengo a hablar del obrero(a), del campesino(a), del (la) soldado, del (la) maestro(a), del científico, del médico, del intelectual, los estudiantes, los jubilados y de los niños. Ellos son los verdaderos protagonistas de un intento, de algo que se frustró y quebró en las alturas, pero que en la base permanece vivo, aunque la confusión no les permita ver.

¿Quién se atrever a decir que luchar y desear el gobierno del pueblo es poco democrático? ¿Que la salud, la educación y la cultura gratuitas y al alcance de todos no es la verdadera independencia del ser humano? ¿Que la eliminación de clases antagónicas y la
redistribución equitativa de las riquezas no es lo más justo y humano?… Muchos gritarán que nada de eso hubo, y tal vez no es menos cierto. Entonces, cómo son capaces de llamar socialismo a lo que desde arriba se construyó. Es un absurdo. Desde arriba el poder se convirtió en élite, un zarismo vestido de rojo, una continuación cultural perfecta. Pero desde abajo los hombres y mujeres se movían por el impulso del socialismo auténtico. Si desde el comienzo mismo de la Revolución la gente no hubiera estado poseída por la esperanza de la construcción de la sociedad socialista el país no hubiera sobrevivido a las catástrofes que tuvo que enfrentar, y el poder soviético no hubiera durado nada pues otra revolución lo habría derrocado. Pero no ocurrió así, la URSS vivió 74 años porque el pueblo creía que construir tal proyecto era lo correcto y era posible, y pudo haber durado mucho más de no ser por la élite que necesitaba otra forma para reproducirse a sí misma, esto es, dedicarse al disfrute descarado de las riquezas nacionales.

Pero, ¿por qué esos millones de soñadores y creyentes en el socialismo no hicieron algo para evitar la caída y llevar al país por el camino deseado? La respuesta es sencilla: luego de la muerte de Lenin la cúpula gobernante se fue disociando cada vez más de la masas y fue en este proceso de enajenación donde nacieron dos países diferentes: la URSS de “ellos” y la URSS del pueblo trabajador. Y en este proceso, que pasó más desapercibido de lo que la opinión pública creía, minó el poder de la movilización y autonomía social. Gracias al prestigio que el PCUS se supo granjear desde el principio (y mantenido gracias a las indiscutibles victorias) condicionó que para todos se creara un consenso (de forma consciente e inconsciente) en el que los líderes siempre tenían la razón. Y fue entonces cuando Peter Pan vio que su papá se encargaría de todo, que él no necesitaría crecer y solo restaba portarse bien. En esta niñez eterna el pueblo soviético se desarmó y cayó en el letargo del rebaño de ovejas.

Basta con ver los resultados de los referendums, las manifestaciones en la calles, la actitud de los gobernantes y la pasividad ante el lucro descarado de los oligarcas para convencerse de que solo una sociedad anestesiada, adormecida es capaz de soportar (¡y hasta aplaudir!) ignominias como la sufridas sobre todo en la década de los noventa.

Muchos están contentos porque ahora dicen vivir en la democracia y en la libertad. ¿Qué es para ellos la libertad? ¿Elegir al presidente cada 6 años? ¿Poder hablar mal de cualquier funcionario en un periódico? ¿Poder manifestarse con bandera y signos nazis por la Plaza Roja? ¡Qué el mar se trague a la tierra! Esto me recuerda a los aztecas cuando regalaron montañas de oro a los españoles a cambio de sombreros con plumas. ¡La vergüenza cubre a todo el país!

Democracia es la participación activa de todos los integrantes de la sociedad en la construcción de un proceso beneficioso para todos. Hoy el poder se sigue riendo del pueblo y en manos de pocos se concentran todas las riquezas que por derecho pertenece a todos. ¿Realmente representa el Consejo de la Federación y la Duma estatal los intereses de la mayoría, y toma en consideración a las minorías? ¡Tonto el que se lo crea! Si sumamos todos los miembros de los partidos
representados en la Duma no llegamos ni al 40% de la población. Y respecto al Consejo, ¿cómo saben ellos lo que es mejor para el pueblo, cómo reciben estos su mandato y cómo rinden cuentas a sus electores?

¿Y cómo el pueblo sigue soportando esto? Pues por los mismos motivos que antes, solo que ahora las mentiras son mayores y más refinados que en tiempos del PCUS. El proceso de reformas de inicio de los noventa hizo creer a todos que “el proyecto” al fin se cumpliría, pero en el capitalismo. Y llegamos al día de hoy y solo seguimos viviendo netamente de las esperanzas.

En esencia, para la base nada ha cambiado. Solo la élite disfruta abiertamente de los beneficios de la transición.

Insisten en enterrar a Lenin, sacarlo de la Plaza. ¿Por qué tanto miedo a un muerto? Precisamente le tienen miedo, porque Lenin está más vivo que todos los vivos y su espíritu acompaña a los valientes que no dejan de lanzarse a las calles. Temen que se reencuentre el sueño de esos millones que aún desconocen al poder que reside en ellos mismos.

¡Pero ya es suficiente! ¡Es hora de reivindicar ese sueño de millones y construir el verdadero gobierno del pueblo, hacer valer la dictadura de la democracia!

Andrey Ruslanov (sobre el original escrito en marzo de 2013)

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