El desierto está convulso. Nuevas fuerzas recorren sus arenas reviviendo viejas ideas. Los grandes medios de comunicación nos hablan de grupos yijadistas que, a través del terror, conquistan el Medio Oriente para fundar el Estado Islámico.

Pero el relato que las televisoras y periódicos nos presentan se refieren a estos hombres como los terroristas más profesionales que han existido, y de cómo amenazan ya a Europa y otras partes del mundo con sus atentados. Sin embargo, el director Abderrahmane Sissako no descuida el hecho de que el primer acto terrorista se da en la imposición de nuevas costumbres e ideologías en esas pequeñas comunidades del desierto que ellos conquistan.

Saber recrear y explicar el modo de vida de los hombres del desierto al norte de Mali tal vez sea uno de los grandes méritos de Timbuktú. Este drama franco-mauritano, nominado a la Palma de Oro del Festival de Cannes ha sido bien acogida por el público y la crítica especializada. Ganador ya del Premio del Jurado Ecuménico y el François Chalais y nominada a la LXXXVII edición de los Premios Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2014.

Las recientes agudizaciones de los conflictos religiosos e inter-étnicos desatados en el Medio Oriente a partir de la expansión de los fundamentalistas islámicos, ya encuentra en esta obra un trato sugerente y poco habitual de la temática. Su trama se inspira en la Guerra de Mali, cuando el grupo terrorista Ansar Dine ocupó el norte de la nación africana.

Acostumbrados a ver atentados y grandes matanzas provocadas por los terroristas en las pantallas de nuestros televisores, el director de Timbuktú prefiere el apacible escenario de un alejado oasis en medio del desierto para intentar mostrar los complejos fenómenos civilizatorios que se dan a los interno de estos grupos, y que se ven alterados con la llegada de los yijadista.

En medio de este escenario esta película nos presenta a una típica familia local como núcleo de una trama que conjuga bien los escenarios hogareños, comunitarios, nacionales e internacionales. Cada uno de ellos se ve transversalizado por conflictos que trascienden todas las instancias y que nos recuerdan constantemente que cualquiera de nosotros pudiera ser uno de los personajes allí representados. La intensidad de los sucesos es narrada de tal forma que podemos llegar a identificarnos y sentir en carne propia todo lo que vemos en la gran pantalla.

A la maestría del guión se une una fotografía de excelencia. El cuidado con que cada cuadro es abordado nos delata la seriedad y el empeño con que se concibió este producto en el trabajo. Solo que, tal vez, podríamos quedarnos insatisfechos cuando las transiciones entre algunas escenas nos dejan con el sinsabor de no hacerlo en el instante preciso.

El amor de padre, de hijo, de amante; las ambiciones; los celos; la intriga; el deber; todos ellos encuentran una representación oportuna en esta historia que no precisa detalles para comunicarnos el acontecer de un escenario que, a pesar de la lejanía, puede presentarse de modo común para todos los pueblos de nuestro planeta.

El modo en que se desarrollan los conflictos y la excelente progresión dramática que los conduce no deja lugar a las dudas en los espectadores. La sencillez y naturalidad con que se abordan los complejos problemas que el director nos presenta en su obra es tal vez, lo que el público más agradece.

El balance entre las tramas y personajes protagónicos con los secundarios alcanza en muchos momentos la horizontalidad, lo cual no implica una digresión, sino una estrategia que prioriza la atención al conflicto mismo, en lugar de priorizar determinada trama. Ello trae consigo un efecto de realismo, pues nos aleja de los esquemas clásicos hollywoodenses y dota al filme de una necesaria cercanía con la audiencia.

A esto se une un desempeño actoral que, ante todo, lo valoro por la naturalidad con que los actores se acogen a los caracteres que interpretan, dibujados por las finas líneas de un boceto que no precisa de llamativos colores para transmitir su esencia. Pese a contar con momentos de grandes tensiones y cargas emotivas, no son para nada desdeñables las apacibles escenas que bien complementan y sirven de apoyo al entendimiento de la historia que nos cuentan. Justamente, esto dota a la película de un balance que equilibra los momentos dinámicos con los apacibles, por lo que no se le puede acusar por un ritmo lento o agitado, ayudándonos a procesar la impactante y desconocida realidad que nos presenta.

Dentro de los actores es meritorio destacar el trabajo de los niños, quienes deben reír, llorar, jugar, trabajar y son una de las víctimas que más llegan a conmover a lo largo de la historia. Tal vez sean ellos la metáfora última del mensaje que nos transmite el filme, pues encarna las lógicas del dar y recibir en un mundo donde las tradiciones hacen la ley, y que esta, a su vez, se ve desafiada por una tormenta yijadista del desierto que pretende arrasar con el oasis de su estabilidad.

Timbuktú es una de esas películas que, además de impactarnos por la historia que nos cuenta, nos hace reflexionar todo el tiempo sobre las cuestiones más elementales de la vida. Ella despierta las inquietudes que llevamos dentro y que hacen de la relación con el mundo y entre nosotros mismos el eje sobre el cual gira el sentido de nuestras vidas.

Si bien el tema del yijadismo es el elemento desestabilizador en el ambiente donde se desarrollan los hechos, lo cierto es que los conflictos que aborda Timbuktú van más allá de esta coyuntura particular. De lo que se trata es de plasmar sobre un lienzo los patrones más recurrentes del devenir de las sociedades humanas. No es casual que se juegue con tanta reiteración con los contrastes entre la coexistencia de atributos típicos de nuestra modernidad, con aquellos que han desafiado al tiempo y que aún hoy se reproducen en comunidades semi-nómadas como las de Mali.

Sin dudas es esta una excelente propuesta. No pocos han calificado a Sissako, su director, como un maestro por saber plasmar con singular estilo las consecuencias más inmediatas del adoctrinamiento y la impunidad con son sometidos aquellos que solo desean vivir en paz.

Andrey V. Ruslanov / 15.junio.2015

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