El sentido de las corrientes evolucionistas, tanto en antropología, biología, sociología o filosofía, son la respuesta inmediata al deseo humano por justificar el sentido de su existencia. Aun cuando se trate de una ciencia rigurosa o una mera ideología existencialista, todas tienen como base un imaginario emocional.

Al leer las tesis evolucionistas nos percatamos de que todas tienen incorporadas las nociones de “progreso”, “de los primitivo a lo superior”, “de los subdesarrollado a los desarrollado”, etc. Estas categorías describen a la vida (ya sea desde una perspectiva unilineal o compleja) como una escalera que ascendemos o descendemos. A partir de aquí se construyen todavía hoy lasmás elaboradas investigaciones que pretenden validarlo.

Sin embargo, ni los más renombrados autores se han percatado de haber caído en el fantasioso juego de sus modelos mentales. Los constructos evolucionistas no son más que el resultado cognitivo de los esquemas ideológicos a partir de los cuales se autoproduce la humanidad, esto es, el instinto animal de querer comer más y mejor. De ahí, nuestra psiquis traspola al resto de nuestro sistema ideológico las nociones de “ascendencia”, “la mejoría” y “el movimiento”.

Con esto no estoy haciendo una invitación de retornar a la metafísica, sino de rescatar el sentido más auténtico de la dialéctica y limpiarla de los constructos histórico-ideológicos con que solemos disfrazarla. El evolucionismo, desde que recibió el impulso de los hallazgos en Biología, ha sido el disfraz más sofisticado, y el que las demás ciencias aclaman para sí.

En Antropología el asunto es más grave aún. Desde Spencer hasta Morgan, podemos encontrar una traspolación mecánica de los principios biológicos al ámbito antropológico. No se trata en esta discusión si sus argumentos son válidos o no, sino de una cuestión metodológica y científica.

La Antropología, en esencia, se trata de comprender la vida del hombre, en particular, viéndolo en el entorno civilizatorio en que se desenvuelve. Por ello, imponer verdades universales a nuestras observaciones de dichas culturas solo consigue desvirtuar el objeto de estudio.

Suponer que la civilización “A” tiene como modo deauto-eco-organización los patrones culturales de “B” (la del antropólogo), entonces no estaremos haciendo ciencia, sino mitología. Si queremos entender y sentir la verdad de “A” deberemos dejar de ser “B” y sumergirnos de lleno en el objeto de estudio, ser parte integrante.

Si seguimos con este ejemplo podemos decir que el evolucionismo cultural antropológico no es más que el modo en que “B” observa al mundo en un momento específico de su historia (ss. XIX al XX). Claro, el ego de saberse “culturas dominantes políticamente en el mundo” lo asumen como patrón universal, como leyes atemporales que se pueden traspolar a cualquier momento de la historia de la humanidad.

En el caso del “progreso” encontramos el ejemplo más típico. Esta es la palabra por excelencia de los siglos XIX-XX, donde la marcha de la locomotora se convirtió en el símbolo de lo que debía suceder con el resto de la vida humana. Pero para frustración de los antropólogos de la época, encontraron que muchos pueblos indígenas no tienen incorporado este término en sus cosmovisiones, sino la noción de “equilibrio”.

Hoy los principios biológicos del evolucionismo darwiniano están siendo rebatidos por nuevos estudios y hallazgos científicos que ponen en tela de juicio sus teorías fundamentales. Tal vez sea este el momento oportuno para que, desde la Antropología y otras ciencias sociales, comencemos a esbozar nuevas comprensiones de la vida que nos liberen del determinismo y reduccionismo evolucionista.

Andrey V. Ruslanov / 18.junio.2015