En la retórica oficial y popular de EE.UU. es frecuente encontrarse el término “sistema” (o mejor, “El Sistema”) a la hora de referirse a la superestructura en que viven; es decir, el régimen político y económico desde donde parten todas las leyes, el convenio social, moral y el medio de reproducción social y simbólica en que la sociedad se reproduce.

Existen ciudadanos (y políticos) que “creen en el sistema”, otros “aborrecen al sistema”. Porque “el sistema ha funcionado durante mucho tiempo y aún lo sigue haciendo”, o porque “el sistema excluye y desampara a muchos y privilegia en demasía a otros”. Pero siempre, lo mismo unos que otros, se refieren a él con una connotación fetichista, como si se tratase de algo vivo, autónomo y que escapa del control de quienes lo habitan.

Sin embargo, el asunto se presenta de un modo más profundo.

Resulta ser que al mismo tiempo se crea la sensación de que todos son dueños, porque les queda claro que el principio en que se basa este parte del libre concurso de sus individuos en la frenética carrera por explotar sus potencialidades a fin de obtener cada cual la mayor cantidad de riquezas, y con ello, “naturalmente” contribuyen a todo el sistema. “El sistema funciona porque funciono yo, porque quiero vivir bien y tengo la libertad para hacerlo”, por tanto concluyen que el sistema es el individuo en particular.

En primera instancia de aquí nace el orgullo y la identificación por “El Sistema”, al cual cuidan y veneran. “Porque si el sistema está mal la culpa es mía, y como yo soy bueno, sé que puedo mejorar. Así, en el futuro El Sistema nos dará más”. Con esto podríamos argumentar los tantísimos casos particulares en que nos encontramos opiniones y acciones supuestamente paradójicas en la relación ciudadano-Estado, donde el primero apoya día a día de forma incondicional al segundo aunque no sea lo suficientemente retribuido.

En segundo lugar se percibe una ambigüedad o contradicción. Por un lado el individuo siente que no puede influir significativamente sobre El Sistema, visto como un todo (y principalmente en sus ideas rectoras y fundacionales); y al mismo tiempo percibe (y asume como real en algunos casos) el hecho de que puede actuar directamente relacionando con este.

Este segundo elemento se puede subdividir a su vez en otros más. Los más entusiastas piensan que con sus acciones podrán lograr lo que se proponen, si de cambios se trata. Los más pesimistas expresan su descontento y estado de nulidad frente a “El Sistema” que los aplasta y asfixia, frustrando todo intento de libertad y deseo de realización personal. En el medio de ambos se encuentran los más astutos, quienes se percatan de en qué consiste “el juego” y se aprovechan de las coyunturas para convertirse en los más poderosos dentro de la sociedad, ya sean políticos, empresarios o empleados.

Lo cierto es que la veneración del sistema ha traído consigo la eliminación de su cuestionamiento en el sentido más amplio. Para ello tomemos como ejemplo su Constitución. La carta magna de EE.UU. se mantiene intacta desde que la nación fuera fundada. Mientras que en los Estado-nación europeos son consideradas como simples pedazos de papel que pueden ser cambiados, aquí es el alma del proyecto país. A simple vista pudiera decirse que eso ha contribuido a la estabilidad del desarrollo sociopolítico, pero basta con adentrarse un poco más en la historia de la nación para darse cuenta que el Imperio que vemos hoy incumple con el proyecto presentado por los padres fundadores, al menos en su versión oficial. De este modo vemos como lo que en apariencia se muestra como un sistema autogestionario y libre del pecado de los ciudadanos políticos que quieran ultrajarlo no es más que una gran farsa que esconde el control directo de las élites que se encuentran en el poder.

A modo de reacción ante esto han existido distintas convulsiones sociales, desde simples protestas hasta grandes movimientos ciudadanos exigiendo cambios. Pero elemperador y su corte siempre han sabido mantener entretenido a su pueblo y aplacar sus aspiraciones revolucionarias. Ah! Porque revolucionarios fueron aquellos que lucharon por la independencia, los Padres Fundadores, pero nadie más! ¡Qué ni se le ocurra a alguien!

Esta historia me recuerda a la de la Iglesia Católica y sus dos mil años de colonialismo religioso. ¿Tanto tiempo durará también el imperio?

AndreyV. Ruslanov (Андрей В. Русланов)

01.09.2015

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