Piensa constantemente el hombre, piensa y hasta tropieza con sus palabras. Olvida a veces que habla y se conforma con algunas miradas. ¿Pero son libres las palabras? Yo creo que más que libres son ellas mismas las que nos liberan. Una palabra es el Libertador de nuestras almas.

Una vez un amigo estuvo preso. Cautivo y solitario, privado incluso de la luz del Sol. Fue entonces que descubrió lo provechoso de hablar. Sí, de hablar en voz alta, como si lo rodearan sus mejores amigos. Escuchó reír a los guardias. Le gritaban que estaba loco. Pero él se sentía fuerte. Al principio descubrió que varias palabras se le habían escapado de la mente, y que otras habían perdido su acento original. Desde entonces no paró de hablar. Lo hizo con todos esos personajes ausentes que dibujó en la pared de la celda. Y al salir de prisión sintió que nunca había estado en ella.

Tal vez esta anécdota resulte un tanto caricaturesca pero si la comparamos con esas luchas de los indígenas nativos de Sudamérica por su libertad, por el derecho a hablar su propia lengua, puede que no tanto.

En la historia de la humanidad muchos imperios al expandirse lo primero que han impuesto es el idioma que hablan. Algunos han tenido éxito en su conquista y han absorbido a pueblos enteros con su dominación cultural. Otros han fracasado y ha sido justamente la cuestión idiomática la que determinara su fin colonizador.

Si analizamos con detenimiento estas experiencias históricas nos percatamos de varios aspectos que determinan su naturaleza compleja. Me gustaría recrearlo con el caso actual del imperialismo norteamericano.

A la vista de muchos es el móvil económico lo que da a EEUU su preponderancia internacional. Mas yo considero que es su andamiaje cultural el que garantiza la fuerza de ese imperio. Mucho más joven que otras naciones este país se levanta como el baluarte insignia de la civilización a nivel mundial. Cuando llegan a un país llevan de una mano su Coca-cola y de la otra su industria cinematográfica. No es extraño ya a la hora de estudiar un idioma extranjero encontrarnos una palabra proveniente del inglés, aunque etimológicamente no estén relacionados. Todos los profesores tienen la misma respuesta: penetración cultural.

¿Y qué hace los pueblos de hoy para ser de nuevo libres? O más elemental aún: ¿nos percatamos de que son otras palabras, y no las nuestras, las que nos están diciendo cómo pensar? La historia del último siglo nos da respuestas nada halagüeñas.

Es aquí donde se hace presente el fenómeno de la globalización. Aquel que se ha acelerado gracias al boom tecnológico de los anteriores 50 años. Todo el planeta se conecta con redes físicas y virtuales, y lejos de lograr un ámbito de democracia como algunos cacarean, son los más ricos los que determinan las reglas del juego. ¿Dónde quedarán entonces las lenguas de esos pequeños pueblos que hasta hace poco eran totalmente desconocidos? ¿El fin será que toda la especie humana termine hablando en inglés y comportándose como un newyorkino o un californiano?

Tal vez el propio proceso de dominación cultural lleve consigo un elemento que le garantice la muerte: la palabra. Imaginemos que en el año 2300 todo el planeta alcanzó la plena alfabetización en lengua inglesa. El poderío norteamericano alcanza su cúspide. ¿Cómo sabe el gaucho de la Pampa cuáles son las jergas de los barrios chinos? Tal vez el planeta entero vea la misma TV y consuma la misma industria cultural, pero las ideas de cada hogar, de cada grupo de amigos llevan consigo su propio sello. Y en poco tiempo esa jerga se hará más importante gracias al factor cercanía, y de ahí saldrán los nuevos dialectos que, con el tiempo devendrán en nuevas lenguas.

Pero hasta aquí eso es solo pura lucubración. La palabra tiene además una misión liberadora que en el plano de lo micro se presenta más valiosa: la reproducción del individuo. Y ello tiene mucho que ver con el anterior relato del prisionero.

Dominar el arte de la palabra nos dota de la virtud de ser sinceros con nuestra propia alma. No se trata de ser tribunos o buenos oradores. Se trata de comprender el valor de cada letra, de cada símbolo y cada significado, de otorgarle a cada elemento de nuestro universo el reconocimiento de nuestra conciencia, que sepamos que está ahí. Ese es el mayor acto de liberación que podemos tener para con nosotros mismos.

Visto así, entonces la mejor de las defensas sería aquella que no desatiende ese lenguaje, que lo alimenta con los nuevos elementos que en común comparten los humanos. Enriquecer la gramática, el vocabulario, son cuestiones que harán de nuestra habla una portadora eterna de memorias, de sabiduría y conocimientos. Una eterna y rejuvenecida palabra que reconoce los nuevos códigos y no olvida los viejos.

Una vez fuera de prisión el cautivo de nuestro relato fue en busca de gente verdadera. Pudo conocer nuevas palabras, entre ellas la de “desaparecido”, como ahora le llaman. Supo de la nueva importancia que se le concede a la palabra memoria y el total desconocimiento de las palabras silencio y olvido. No le fue difícil al prisionero adaptarse a la nueva sociedad, que en realidad era la misma pero ahora se lanzaba a las calles y erige monumentos.

Me queda claro que la palabra, como elemento de construcción y sistematización de símbolos, es la respuesta que la inteligencia de los humanos han dado a la necesidad de aprehender un conjunto cada vez más creciente de ideas. Pero es justamente en este proceso de objetivización de imágenes que se construye la subjetividad propiamente humana.

Hacer de la palabra el elemento del cual se alimenta el espíritu de nuestra civilización constituye a mi entender la mejor forma de defender nuestra esencia cultural, que es en definitiva la que marca la diferencia entre el resto de las especies vivientes.

Y en esta edificación de contenidos en la que se basa nuestra cultura es también la palabra la más indicada para darnos, además de una patria, la fuerza para definirnos como individuos capaces de liberarnos gracias a la memoria que nace a partir del dominio del arte de la palabra.

Andrey VR / 26 de mayo de 2013