Los ojos del mundo están sobre París. Los ojos de los seres que él vivimos estamos atentos a la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático a la espera de un resultado verdaderamente a la altura de la amenazas que sobre nosotros se cierne.

En la Conferencia de Río hace ya 23 años no se obtuvo nada relevante, pese a que la comunidad científica alertó que estábamos atrasados. Hoy, cuando se ha hecho mucho menos desde entonces, resulta bochornoso estárselo pensando tanto para llegar a un acuerdo universal y vinculante que ponga en marcha medidas concretas para frenar y revertir el maltrato a que sometemos a nuestro frágil ecosistema.

Verlo así, tan simple como es, resulta absurdo que los líderes mundiales no vean el claro peligro al que estamos expuestos. ¿Qué paso con la humanidad? ¿Acaso nos domina un instinto suicidad o es que tenemos la autoestima demasiado baja? ¡Qué el planeta se muere!

Si no hacemos algo urgente y contundente la realidad que hoy conocemos será dramáticamente distinta a la que vemos hoy. Aumentarán los desastres naturales, las cosechas serán cada vez más pobres, aumentará el nivel de mar y muchos países perderán sus costas y ciudades…

¿Y por qué es tan difícil ponerse de acuerdo?

Para reducir el efecto invernadero hay que disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, es decir, los gases contaminantes de las grandes industrias. ¿Y dónde están esas grandes industrias? Pues en los países ricos del norte. ¿Están dispuestos ellos a hacer grandes inversiones para cambiar las bases tecnológica que los sostiene? Pues no, es demasiado caro.

Pero el asunto es más complejo que este. Vayamos a EE.UU., el país más industrializado y el que, naturalmente, se ha resistido
tradicionalmente a firmar cualquier tipo de tratado o compromiso internacional.

Obama reconoció en París las culpas de su nación y dijo que estaban dispuesto a hacer algo al respecto, sin embargo ni siquiera se dignó a hablar sobre la explotación del dañino gas de esquisto. Nada, más demagogia e hipocresía del emperador.

En EE.UU. el sistema imperial capitalista se basa en la desenfrenada obtención de plusvalía y superganancias a toda costa. La casta oligárquica no está dispuesta a cambiar su modo de vida y mucho menos otorgar los grandes créditos robados a los propios países del tercer mundo para que estos puedan también contribuir a cambiar su base productiva.

El presidente del Ecuador, Rafael Correa, aboga por crear la Corte Internacional de (…)

Andrey V.R. 1.diciembre.2015

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