Carne. Somos solo carne y hueso. Somos una casualidad que se muere mientras dice vivir. Dolor y placer se confunden en nuestros cuerpos entre un amasijo de ensayos y errores de nuestra propia imperfección biológica. Sin embargo, la alegría inunda nuestras existencias, y nuestra capacidad de crear nos ha llevado a compararnos con los dioses.

¿Y cómo es posible? ¿Acaso no basta la sabida sentencia de muerte a la que de antes de nacer ya estamos sometidos? ¿Acaso no es suficiente para anular nuestra existencia?

Es que esta carne está llena de una magia que todavía no somos capaces de entender a plenitud. Estas carnes y estos huesos se ha revestido de humanidad y nos han convertido en Seres Humanos, capaces de transitar a través de la casuística sentencia de nuestra mortalidad con La Alegría que nos llevó a fundar las artes, los mitos y fantasías, las ciencias y el pretendido legado de una esperanzadora inmortalidad en todo lo que creamos.

Ser humanos nos ha salvado de la simple existencia de ser moléculas bien organizadas, de ser organismos andantes repletos de dolor. La humanidad nos ha rescatado del sinsentido, haciendo que viajemos en la búsqueda eterna del mismo sueño que transforma nuestras vidas y hace que todo sea diferente.

Pero, ¿qué es la humanidad misma? ¿es una virtud, un don, una simple propiedad de nuestra naturaleza? ¿Será preciso aprehenderla o simplemente dejarla ser? Hasta ahora la historia de nuestra especie ha consistido en morder la manzana del árbol de la ciencia, pero ello no quiere decir que lo hayamos logrado, ni que el intento fuese útil.

Soñar, amar, creer, luchar; todo ello nos despoja de la mundanidad de que estamos hechos. Y todo ello junto es lo que realmente entendemos por vivir, despojando el término de su realidad biológica y encumbrándolo a un algo que siempre está más allá y nos impulsa en una carrera de relevo que cuenta ya con varios miles de años.

El devenir de esta humanidad ha sido en nosotros la fundación de civilizaciones, un modo sutil de entretenernos mientras dura nuestro plazo de existencia. Ah! Pero vaya que es poderosa esta esencia que hemos creado! La humanidad nos dotó del sentido civilizatorio, y nosotros, a su vez, nos reproducimos en el propio acto de devolver su energía.

Sí, la humanidad nos ha salvado, pero eso no quiere decir que sea por siempre. No basta con el empeño de seguir volando, siento que es pertinente que lo hagamos pensando que no es casual que la humanidad misma surgiera. Tal vez la carne sí, pero la humanidad no. Y es aquí donde los caminos de las ciencias, las creencias y los desamparos se cruzan en un entronque donde nos preguntamos “por qué?”, “para qué?” y “cómo?”. Y siento que para que esta humanidad continúe debemos ser consecuentes con ella misma, por lo que nuestro obrar debe ir encaminado a su conservación, perpetuación y extensión para las generaciones futuras, que en definitiva seremos nosotros mismo.

Andrey V. R. / 11.enero.2016