Como todo mecanismo de integración, la Unión Europea (UE) está sometida a determinados riesgos, propios de la esencia del conjunto al que se adhieren los países que la integran. Sincronizar sistemas políticos, económicos y culturales de gran diversidad en uno solo, cediendo a su vez la soberanía al centro, implica que las dinámicas sociales, tanto de las élites como el resto de la sociedad, se sometan a cambios que puede llevar mucho más del tiempo previsto para que tengan éxito.

Pese a los logros obtenidos por la UE en su experiencia
integracionista en tan poco tiempo (un par de décadas es ínfimo para lograr una verdadera unión entre países tan diversos) la Unión Europea está afrontando en estos momentos el límite de esos logros y comienza a enfrenta verdaderamente con el auténtico reto que implica lo auto-reproducción del sistema de integración y su crecimiento sostenido.

Para analizar detenidamente esta experiencia no podemos enumerar por separado los factores políticos, económicos y sociales que pudieran dar (o no) al traste con la propia existencia de la Unión, sino que debemos hacerlo desde una perspectiva holista que tome en cuenta la interrelación de todos ellos y su repercusión de modo integral.

Por ello propongo una mirada que transversalice estos factores y destaque los elementos que, a mi entender, supongan un cambio significativo en el sistema de integración paneuropeo. Estos elementos serían:
1) Leyes de distribución de poder y competencias administrativas entre el centro (Bruselas) y los distintos gobiernos nacionales.
2) Apoyo popular a las iniciativas integracionistas.
3) Efectos y retroalimentación de las medidas socioeconómicas que han interconectado efectivamente a dichas sociedades.

En cuanto al primer aspecto, podemos decir que se encuentra el núcleo efectivo de las dinámicas evolutivas de la unión misma. De cómo se diseñen estas reglas del juega dependerá en gran medida la evolución del proyecto integrador.

Hasta el momento se ha apreciado un aumento paulatino de la
concentración de poderes del centro y con ello un retroceso en las funciones y competencias de los gobiernos nacionales. Si evaluamos someramente los resultados de esto en los pocos años de existencia de la UE, saltan a la vista dos tipos fundamentales de contradicciones. Las primeras son la inherentes al proceso, es decir, la lucha entre lo viejo que se resiste a desaparecer (plena autonomía de los gobiernos nacionales) por parte de sectores a lo interno de cada nación y las nuevas fuerzas integracionistas que surgen, respaldadas por las élites gobernantes.

Las segundas son aquellas de índole más “técnico”, si se pudiera plantar así. Son aquellas contradicciones que reflejan el hecho de poner en práctica el modelo integracionista con todos sus mecanismos internos. Ello implica sopesar leyes y principios de la dialéctica social en virtud de alcanzar exitosamente una unión que se desarrolle por sí misma hasta que dé lugar a un verdadera macroestado, la unión política completa.

El segundo aspecto es tal vez el más descuidado de todos. Por lo general se suele asumir a los regímenes europeos como los más democráticos del mundo, y con ello se asienta la idea de que el proyecto integracionista es el resultado también de un amplio consenso social. Como muestra de ello los medios de comunicación
internacionales muestran ufanamente los referendos y votaciones populares para aprobar los tratados constitutivos, pero este es solo el final del proceso, nunca se refieren a las propuestas, los debates, las confrontaciones entre tendencias y el espíritu general de las sociedades europeas. El verdadero proyecto integracionista está en manos de las élites gobernantes y sus intereses económicos
transnacionales. El motivo de la unión es servir de escudo a estas élites ante el empuje de los EE.UU. y otras potencias, a fin de resguardar sus intereses de clase. Y si para ello hace falta pasarle por encima a los intereses nacionales (entiéndase de sus respectivas sociedades), las tradiciones étnicas y la propia historia, pues eso es lo que harán. Esto recuerda con ironía el propio miedo que desde hace dos siglos estas mismas élites infundían a la población el mito de los comunistas apátridas, quienes prometían destruir los Estados-nación. Ahora son ellos mismos quienes lo hacen y nada dice nada sobre ello.

El tercer aspecto vendría a ser el cierre analítico de los dos primeros anteriores. Es quien verdaderamente lleva nuestro análisis a una mirada global del devenir de este modelo de integración y su posible destino. Entender cómo repercuten cada una de las medidas tomadas en los mecanismos de gobernanza nacionales y los efectos a corto, mediano y largo plazo en el desarrollo de estas sociedades, nos permite hacer un balance sobre el éxito o no del proyecto, de sus principales retos y dificultades, así como las perspectivas de avanzar en su programa inicial.

Las recientes crisis económicas y migratorias desatadas en el viejo continente nos permiten tomar el pulso de los hechos. Ha quedado bien claro que la propia unión está dividida entre los ricos del norte y los pobres del sur, los de arriba viven mejor y los de abajo deben adoptar medidas neoliberales contra sus propias sociedades. Los efectos de la política exterior del bloque ha sufrido un efecto bumerang, el cual amenaza hoy con hacerla implosionar a base de las contradicciones cada vez más fuertes en el cómo resolver este asunto, por una parte, y los atentados terroristas y la insatisfacción creciente de los habitantes originarios.

A grandes rasgos estos son los aspectos que, desde una mirada transversal nos podrían dar las pistas para analizar el futuro de la UE. En lo inmediato me atrevo a decir que en lo inmediato es casi imposible que desaparezca, pero sin dudas el estrés al que se está viendo sometida la obligará a tomar medidas cruciales para su propia salvación, lo cual impactará en las bases mismas de su fundación. En el largo plazo todo sería posible.

Andrey V. R. / 01.04.2016

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