El subcontinente latinoamericano cuenta desde el temprano siglo XX con varios modelos de integración. Sin embargo, solo a comienzos de este siglo XXI cuando se produce un boom de proyectos integracionistas, impulsados en su mayoría por los gobiernos progresistas de izquierda que tomaron el poder paulatinamente en este mismo período. Sus líderes le han dado un carácter refundador, soberanista y contrahegemónico, haciendo énfasis en el aspecto social.

Sin duda alguna, ninguno de estos proyectos podría haberte tenido lugar en la era de las dictaduras militaristas del cono sur
latinoamericano, ni con los gobiernos plenamente adheridos al Consenso de Washington. El carácter panamericanista de la OEA y las alianzas exclusivamente económicas nunca dieron, o darán, a la región la integralidad económico-político-social que demanda una verdadera integración, más allá incluso de su vocación izquierdista.

Hoy, la UNASUR, el ALBA, Petrosur, Mercosur, la CELAC, y la amplia red de proyectos estatales y no-gubernamentales de movimientos sociales, constituyen el verdadero espíritu que, a lo interno de la fronteras latinoamericanas, promueve modelos de integración capaces de articular en un sentido común la solución de necesidades y trabajo en conjunto de los intereses estratégicos de todas las naciones que lo componen, unidas por una historia común, una lengua común y retos comunes.

Son muchos los que habla de una patria que va desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y es natural, porque la identidad latinoamericana es de tal fuerza que la inmensa mayoría de sus pueblos se ven a sí mismo como integrantes de un territorio común. Bajo estas mismas ideas, y mirando las experiencias en otras regiones del mundo, tiene sentido pensar en un potencial éxito ante las iniciativas de integración regional.
Sin embargo, los retos son muchos y las deudas del subdesarrollo hacen mucho más lento y complejo cualquier proyecto que se desee ejecutar. Claro, los hechos han demostrado que ante todo el éxito se debe a la voluntad política. En apenas dos décadas se ha hecho más por la integración en América Latina que en el último siglo, obteniendo resultados alentadores, sobre todo en el orden social.

La prédica de los gobiernos de izquierda que han liderado estos nuevos mecanismos se basa justamente en explotar las capacidades con que cuentan y basar el trabajo en función de las necesidades reales que asisten a sus respectivas poblaciones, teniendo en cuenta la importancia de no desligar la parte económica (economicismo) de la social y hasta la cultural. Y es justamente esto último una de las grandes amenazas a las que se enfrentan.

La herencia y vigencia del capitalismo neoliberal en la casi totalidad de las naciones latinoamericanas hacen de estas sociedades sistemas construidos en función de mecanismos económicos e intereses de las clases políticas que distan de resolver las necesidades de las amplias masas de población, sumidas en la pobreza, el analfabetismo y el atraso en general. De ahí que todo intento por reorientar los proyectos económicos en fines sociales choque con la resistencia de estas clases sociales que solo se piensan a sí mismas.

Por otra parte, los intereses de los capitales transnacionales y la arquitectura económica imperial del capitalismo incide directamente en cada intento de estos modelos de integración por ponerse al servicio de sus pueblos, en detrimento de los intereses del gran capital.

Así, una de las grandes vulnerabilidades con que cuentan estos mecanismo de integración, es el de perder el apoyo (por su salida del gobierno tras perder en las urnas) de los líderes progresistas. El retorno de gobiernos de derecha hace disminuir el impulso con que nacieron estas iniciativas y que las reorienten a fines estrictamente economicistas en función de los intereses de las clases en el poder.

El gran reto de América Latina, más allá de estar más a la izquierda o la derecha, se basa fundamentalmente en comprender la importancia de la soberanía regional y el fomento de la integración en todas sus esferas, como la mejor vía para salir del subdesarrollo y encarar los retos globales que los de afuera le imponen.

Andrey V. R.

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