Abordar los retos que imponen los llamados problemas globales contemporáneos, tanto desde una perspectiva reflexiva como la búsqueda de soluciones prácticas, se hace necesario preguntarse qué los provocó. Justamente el tipo de respuesta que obtengamos determinará el modo en que interactuemos con ellos.
Si lo hacemos desde una perspectiva tercermundista, desde los escenarios más perjudicados u vulnerables, el enfoque irá por la demanda a aquellos que, desde los países altamente industrializados, puedan identificarse como causas inmediatas. Si se hace desde el otro lado, pues entonces el trato será del todo distinto. Y es esto lo que le sucede a la vieja Europa.
Cuando escuchamos hablar desde el continente europeo, ya sean los grandes medios de comunicación masiva o los portavoces oficiales de los gobiernos, acerca de los problemas globales y sus impactos en su propio territorio, es evidente que las cúpulas de poder no involucren a sus amigos los grandes capitalistas, hablen del colonialismo que impusieron (e imponen) a otras regiones del mundo, sus grandes industrias o el involucramiento en los asuntos internos de otros estados.
El trasfondo sistémico de problemas que afecta al mundo entero como, el cambio climático, el terrorismo, las crisis migratorias y la guerra, pocas veces se señala como el origen de todos los males. Por lo general los análisis se detienen en los escenarios micro y aislados de todo contexto o relación con el tipo de sociedad en que viven, las leyes que las normas y el modo de reproducción de la vida misma. En el caso europeo, por otra parte, el factor histórico está latente en todo momento. El carácter imperial que ostentaron muchas de sus naciones en el pasado se revierten en los acontecimientos cotidianos y los más dramáticos que vive hoy este subcontinente.
Con el triunfo definitivo del capitalismo como formación
económico-social y la consolidación de la hegemonía de la civilización Occidental se inauguró para la especie humana la era de la locura desarrollista y progresista. Si bien podemos encontrar los gérmenes de este modo de reproducción de la vida humana en el feudalismo y el esclavismo, sin dudas es con el capitalismo que la dinámica entre la relación hombre-naturaleza entra en un ciclo peligroso para la supervivencia.
Europa se volvió la locomotora del mundo y afectó de un modo u otro con sus patrones civilizatorios a los demás núcleo humanos del planeta. El capitalismo nació a base de pólvora y cañón para las tierras más allá del mar mediterráneo. Así, después de tanto saqueo y robo. Hoy ellos se presentan ante todos como los paradigmas del éxito y el ejemplo digno de imitar. Afortunadamente, el tercer mundo no tiene u otro tercer al cual explotar.
Sin embargo, en este mundo de dos, de los que tienen y los que no, los últimos han decidido ir a casa de los primeros en busca de confort y todo aquello que las potencias le muestran con sus vitrinas de la industria cultural. En un principio estuvo bien, porque los europeos necesitaban de mano de obra barata para explotar, pero la ola de inmigrantes se ha vuelto gigantesca e incontenible.
A su vez, entre los ciudadanos europeos aumenta el miedo ante los ataques terroristas que estremecen a grandes urbes como París, Madrid, Londres o Bruselas. Este odio ha engendrado más odio y fuerzas xenófobas, racistas y fascistas cobran auge y hasta ganan elecciones en países donde hace poco el fascismo hizo estragos.
El juego que los europeos le han seguido a EE.UU. con la OTAN, invadiendo y derrocando gobiernos en países del Medio Oriente, le ha resultado más costoso a ellos que a sus promotores yanquis.
Aun así nadie habla de la historia. Todos parecen olvidar cuál fue el origen de todos estos males. Los gobiernos no hablan del pasado colonial ni del presente capitalismo imperial, sino le dice a sus ciudadanos que todos son víctimas inocentes, y la solidaridad mundial se hace eco de los poco muertos en París y no de los miles de civiles sirios o iraquíes que mueren cada año.
Pero el boomerang de la historia parece dirigirse de forma
incontenible contra la mano que una vez lo lanzó. Hoy los nietos sufren los pecados de sus abuelos, y nadie parece advertirlo. Y mientras se siga ocultando que es el capitalismo y la filosofía del hegemón lo que ha causado todos estos problemas que ya afectan al mundo entero, la esperanza de sobrevivir será cada vez menor para nuestra especie y el planeta.

Andrey V. R. / 23 de mayo de 2016

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