La excusa fue llamarle “centro cultural”. Y no es para menos. En una ciudad donde las fes cristiana ortodoxa y musulmana viven en delicado equilibrio, lo último que podría faltar sería un tipo de ecumenismo más. En este duopolio no hay cabida para una tercera religión o una mezcla sospechosa de las dos primeras. Por ello, el “Templo de todas las religiones” se alza en silencio en un distante rincón en las afueras de la ciudad de Kazán.

Antes de llegar a este lugar ya sabía sobre su existencia. Siempre me llamó la atención y estuvo entre los primeros sitios que visité. La primera vez que estuve era invierno y el frío rondaba los -23 grados centígrados. Tanto en esa ocasión, como en la segunda (esta vez en primavera), no pude entrar. Así que me quedé solo con la contemplación de sus cúpulas y muros.

Este año, ya en verano, pude pasearme por cada una de sus habitaciones, las cuales, afortunadamente, están siendo remozadas luego de un fatal incendio el año pasado.

Esta excursión fue la excusa perfecta para reflexionar sobre el sentido de las religiones, el arte y todas aquellas manifestaciones que los humanos solemos crear para consolarnos.

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Aquí, de habitación en habitación, puede verse cómo se repiten los mismos patrones de un deseo innato de explicar y describir lo existente, identificar la belleza con lo bueno y necesario, buscar en la creación propia los secretos de La Creación misma.

No es casual que tal fenómeno se repitiera (y repite) en todas las culturas a lo largo de la historia de la humanidad. Es una necesidad inherente a nuestra frágil existencia.

A mí, solo me perturba y duele el hecho de ver convertida esa necesidad vital en un instrumento de dominación, explotación y saqueo. Estas necesidades innatas han sido raptadas por quienes han tenido más miedo. Ellos, con el poder de las armas, la economía o las mentiras (la política) han creado instituciones enteras para sacar provecho de los más desesperados.

Así, el camino se ha visto truncado. El sentido de estos intentos, expuestos como obra de arte en cada una de estas habitaciones y cúpulas, son hoy meros quistes de una causa que no llegó adónde quería.

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Templos como estos son la representación perfecta de los gritos que aclaman por las heridas de tantas religiones secuestradoras de sentimientos que hoy han divido a los humanos en grupos que se ven entre sí como a distintos y rivales.

Lugares como este son la maquetación de un ejercicio mental para volver a repasar los hechos e intentar comprender qué fue lo que sucedió.

Ingenuo es quien piensa que este es un canto por la paz y la coexistencia pacífica. Ese no es el mal de fondo. ¿Por qué habríamos de coexistir pacíficamente cuando simplemente podríamos existir todos juntos? No se trata de hermanar a personas o fes distintas. Se trata de darnos cuenta de que todos somos la misma cosa y que las religiones han sido el instrumento de quienes por milenios han querido controlar al resto.

El día en que el Templo de todas las religiones sean abierto como la “Casa de todos los hombres y mujeres”, entonces sabré que su misión habrá valido la pena.

Andrey VR