Érase una vez yo. Nacido en algún momento de la historia de la humanidad, de esos que tanto se repiten pero nunca nos damos cuenta.

Al principio recuerdo que todo era esencialmente placentero, incluso el dolor se enmascaraba con el placer de poder sentirlo. Mi materialidad crecía al tiempo que lo hacía mi mente y ambos me tomaban de la mano en la apresurada carrera de ser yo.

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Entre tantas cosas nuevas por saber y aprehender me dejé guiar por la emoción de algo que no comprendía y de ser algo de lo cual no tenía ni idea y que en ningún momento había pedido ser.

Pero en medio de este remolino de sensaciones que me controlaban, un buen día supe que tendría que ser yo quien las controlara si aspiraba a vivir un poco más, aunque ya nada sería como antes: tenía cuatro años y había descubierto el sentido de la muerte.

Si en algún momento fui ángel, en aquel instante tengo la garantía de haber dejado de serlo. La mordida de la muerte me hizo preguntarme por vez primera acerca de la vida, de mi existencia y de mi propio ser.

¿Cómo era posible que fuera sin haber pedido ser? ¿Cómo era posible que algún día dejaría de ser sin haber sabido qué yo era? ¿Quién podría dar la garantía de la veracidad de las respuestas que encontrara? Pero con el tiempo comprendí que esto de “los posibles” y “las garantías” eran cuentos de camino.

En lo adelante todo fue canciones de cuna para poder dormir durante la noche y cuentos de dragones para soportar los días. Yo insatisfecho comencé a preguntar más.

(…)

Te invito a escuchar el relato completo en el video que publiqué en mi canal de Youtube:

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