La historia de la producción literaria en Rusia puede dividirse en tres períodos fundamentales: zarista, soviético y postsoviético. Durante el zarismo la literatura pertenecía, como todo lo existente en el país, a la élite aristocrática. En esta época contrasta el surgimiento de los grandes clásicos de la literatura rusa con el ínfimo por ciento de la población que podía leer. En la era soviética la literatura fue subsidiada por el Estado, el país fue totalmente alfabetizado y muchos nuevos autores tuvieron acceso a la publicación. A partir de los años 90, tras el golpe de Estado contra la Unión Soviética, se institucionalizó el libre mercado como herramienta controladora del mundo literario.

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El epicentro de la vida literaria de hoy se concentra en las dos capitales: Moscú y San Petersburgo. En las demás ciudades “de provincia” la industria está en muy mal estado o es prácticamente inexistente.

Según la Asociación de Distribuidores de Libros de la Comunidad de Estados Independientes (espacio postsoviético) en Rusia, con una población de unos 144 millones de personas, solo existen unas mil librerías.

En Francia, hay 3,500 librerías para 66.0 millones de personas, en Alemania por 86.0 millones – 4,500.

Esto, entre otras causas, se debe al alto costo de la renta, la cual es la misma que se le aplica a otros establecimientos comerciales. Rusia hace tiempo se encuentra fuera del selecto club de las potencias editoriales a nivel mundial, dominado por Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, China, Francia, Austria y Noruega.

Sin embargo, según estadísticas oficiales, la industria del libro en la Rusia actual crece, teniendo reciente impacto la venta de libros físicos a través de tiendas librerías online como Ozon y Laberint. Todo esto sin incluir la venta de material escolar, la cual no se toma en cuenta en las estadísticas como un sector “del todo de mercado”.

Según estadísticas de 2018 de la Agencia Federal de Publicaciones de la Federación de Rusia, las ventas de libros (físicos) se realizaban en un 36% en las librerías tradicionales, un 20% en las librerías online, un 16% por organizaciones presupuestadas y otro 16% por redes de rango federal.

Todo esto contrasta con otras estadística que evidencia la depresión en la publicación y tirada de nuevos ejemplares. Se hace evidente la pérdida de la cultura de la lectura y la falta de incentivos para el surgimiento y consolidación de nuevos autores.

Esto, sin dudas, es una gran pena, pues el talento está a flor de piel en esta sociedad. Una vez más vemos cómo las políticas gubernamentales y el sistema socio-económico arruina el desarrollo cultural acumulado durante décadas.

Andrey VR

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