Había una vez un hombre al que le gustaba mucho decir “había una vez”. Cierto es que se le daba bien narrar historia y cuentos para niños y adultos, pero lo más interesante era su propio había una vez “yo”.

Nuestro héroe se percató de su propia historia hace muy poco. Realmente la había estado contando por siempre, pero solo la sintió viva el día en que supo que ella se lo había llevado todo, dejandolo al desnudo.

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Ese día pensó que había muerto, que estaba ya tan vacío que su verdadero yo se había fragmentado en mil versiones de sí mismo, esparcidas ahora en las mentes de mil oyentes y en las hojas amarillentas donde solía escribirlas.

Este pensamiento le llegó de forma dolorosa, aunque se entusiasmó con la idea de que pudiera llegar a ser placentero: tal vez, después de todo lo habría logrado, el poder de su palabra le había dado la inmortalidad, la trascendencia.

Claro, pronto descubrió que no era tan sencillo, pero descubrir ahora sus nuevos problemas tardaría un buen tiempo, por lo que se dedicó a hacer lo que mejor sabía: volver a contar su historia, solo que esta vez lo haría para sí mismo.

Recapituló una vez más cada fragmento y conflicto de su vida. Todo le pareció falso y absurdo. ¿Cómo es posible?, se indignó. Había sufrido y vivido tanto que no creía que el simple hecho de relatarlo lo hiciera insignificante.

Tuvo miedo, por primera vez, de la palabra. Y a su mente, a modo de sarcasmo, le vino la idea de todos esos magos de los cuentos de hadas que hacen grandes cosas solo con pronunciar determinadas palabras en el modo adecuado.

Sin embargo, él no se sentía poderoso, todo lo contrario. La debilidad y el vacío eran el resultado de sus palabras. De todas formas, lo volvió a intentar. (…)

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