Te detienes en medio de la ciudad y lo vez todo o no vez nada. Puedes subir a la cima del faro y ver un hogar, tu hogar. O bien que puedes parar el tráfico en plena avenida y ver que todo es caos. ¿Dónde está la diferencia? ¿Cuál es el secreto?

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El anciano que va todos los días a buscar el pan me dice que no está cansado. Yo miro a sus ojos, pero me cuesta ver. El taxista agitado me pide más de lo que puedo y me consuelo con la sonrisa de mi madre al regresar a casa si regreso temprano.

Llega la noche y me asomo al balcón. Contemplo la ciudad y la convierto en un reino maravilloso antes de irme a dormir. Es mis sueños no es mejor, es solo la misma, solo que esta vez la siento. Y en ese sentir sé que es mía y solo por ello la quiero hacer más bella. Horas después el sueño es otro y me acosa una pesadilla.

Al amanecer un tenor me ofrece pan y yo con prisa tomo café de carrera al trabajo. En medio del tumulto la ciudad se agita, convulsiona y yo apenas entiendo que me pierdo en ella. Miro a mi alrededor y veo jóvenes con ojos virtuales y oídos largos y de plástico. La música estremece, pero no conmueve. Yo, asustado con el recuerdo de mi pesadilla me rasgo la camisa y detengo el tráfico.

En la ciudad todo se volvió silencio. Por vez primera siento que alguien me mira. Ser ciudad no es fácil, lo sé. Ser capital mucho menos. Pero ahí estaba yo, de pie en medio de todos, queriendo decirles algo sin atreverme a ello. Aún así les suplicaba un segundo más.

Entonces entendí que todo dependería de la historia, de las palabras que quisiera contar. Al anciano cansado yo mismo le traería el pan, a la abuela marchita le regalaría flores frescas, al chofer impaciente le regalaría una canción dulce y serena, a mi madre la iría a visitar con más frecuencia.

Cuando todos escucharon el silencio de mi boca, decidieron darme la espalda. Yo, desesperado, pude entender a tiempo todo lo que sucedía. Entonces grité y todos me miraron de nuevo. Ellos se sentaron a mi alrededor y les conté mi sueño de la ciudad hermosa, de la pesadilla nefasta y de la historia verdadera que contaríamos, esa que nos haría sentir y hacer nuestra a la ciudad.

Andrey VR

Dedicado al 500 aniversario de la fundación de La Habana.

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