Pensar en Cuba podría traer a la mente en un primer momento sus playas y cocoteros. Sin embargo, son sus campiñas las forjadoras de la identidad y la historia de sus gentes.

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El campo cubano son las llanuras rodeadas de lomas verdes todo el año, son las palmas reales y la caña de azúcar sembrada por doquier, son los frutales de norte a sur y el guajiro que va montado a caballo.

De camino a Santiago el bus hace varias escalas en lugares apartados donde se puede comer, ir al baño y dar un paseo para estirar las piernas. Es el momento perfecto para darse una escapada y disfrutas del paisaje libre de todo vestigio de civilización.

Miro a lo lejos y me imagino a nuestros mambises cruzar por estos lares con sus caballos, machete en mano, en busca de la independencia del imperio español. Miro de derecha a izquierda e intento imaginar a la Cuba de hace unos siglos atrás. Pienso en los inocentes aborígenes que una vez dominaron muchas de estas zonas y vivieron con la paz que los conquistadores tomaron por pecadora.

Hoy, pasear por entre mangales y guayabales, sorprenderme con frutos nunca antes vistos y divertirme con las gallinas y perros que cuidan de sus crías, supone ir al encuentro del sosiego luego de meses de intenso trabajo.

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La campiña cubana es la invitación al descanso, el disfrute sano y el recuerdo de una historia maravillosa que cubre a esta tierra con la sangre de tantos mártires que murieron para hacerla libre.

Al ir en el autobús nos encontramos con un paisaje dibujado como cuadro en el cristal. Recuerdo mis viajes de pequeño, tanto en tren como en auto o en bus, y perderme en ese mundo de fantasías inspiradas por una realidad que las supera. Ellas fueron el alimento necesario para mis historias de hoy.

Te espero en la próxima parada. Ya creo que sabes cuál es.

Andrey VR