Hace cuatro años fui al encuentro, por primera vez, de la nieve. Estoy seguro que para ustedes sonará algo trivial, sin mucho sentido. Pero, solo imagínenselo, una persona nacida y criada en un país donde la nieve solo se ve en los filmes por la televisión, donde el frío casi no existe, ve de repente caer del cielo esos copos de nieve con la ligereza del viento, con la gracia de su blancor, cubriendo todo el color gris y la suciedad y convirtiendo el mustio otoño en un palacio de mármol blanco, pulcro y santo.

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Cuando otro chico, extranjero como yo, gritó: ¡Está cayendo nieve! Yo salí corriendo a la calle. Miré al cielo como lo hace un niño que descubre el mundo en su infancia y permanecí de pie allí, solo a la vista de quienes miraban desde sus ventanas. Entonces el viento sopló con fuerza y la nieve ligera se volvió tormenta. Cerré los ojos, pero permanecí en firme, respirando ese aire frío que tanto me gusta. Y cuando escuché de nuevo el silencio abrí los ojos y vi que las calles y jardines se parecían al cielo, que los árboles flotaba todo blancos y que los edificios grises y feos ya no se advertían. Un copo de nieve cayó en mi mano y lo miré de cerca. Puede entonces comprobar que su forma era mucho más bella y que dentro llevaba el secreto de su belleza. 

Andrey Viarens