En tierras altas, allá donde las nubes soplan frío, se pasea el Sol muy de a poco. Le vemos volar con tímida lentitud sin que se decida a ofrecernos una cálida visita. Le decimos adiós sin tiempo para decirle hola. Lo añoramos y lo veneramos para que nos traiga el verano pronto. Sin embargo, todos nos complacemos al ver el reflejo de sus rayos sobre la nieve y las hojas secas. Hay quienes lo prefieren siempre así. Ellos dicen que solo en esta época del año, cuando no alumbra tan intenso, se le puede mirar a los ojos y gritarle cuánto le queremos.

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Andrey Viarens