En mi paseo para darle la bienvenida al otoño me encontré con un abedul caprichoso que se resistía a volverse de color amarillo. A su lado, un joven serbal se burlaba de él ufanándose de sus hermosas hojas de rojo intenso.
Una semana después, cuando volví a pasear por el mismo lugar, el abedul miraba con pena al pobre serbal, que se había quedado todo desnudo. El otoño apenas comenzaba y las hojas rojas yacían secas en el suelo.
Miré una vez más al abedul y descubrí cómo en las ramas de su copa empezaban a asomarse tímidamente las primeras hojas amarillas. El árbol me sonrió y me dijo que no olvidara la lección.

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Andrey Viarens