Cuando en tiempos de la prehistoria nuestros antepasados dibujaban las paredes de las cavernas, comenzamos a contar una historia. Cuando nuestro lenguaje fue lo suficientemente desarrollado, comenzamos a contarnos los unos a los otros muchas historias. Y desde entonces no hemos parado de contar, de leer y escribir.

¿Por qué esa necesidad? ¿Para qué lo hacemos?

Hoy damos todo esto por sentado, pero la realidad es que nuestra capacidad de leer, escribir y contar es tal vez la más misteriosa de nuestras necesidades existenciales.

Al primer intento de responder a la pregunta de por qué leemos y escribimos diríamos que para comunicarnos.

Si la conversación se centra en la literatura, diríamos que para escapar de nuestras realidades, para alimentarnos de otras experiencias que nos deleiten, nos enseñen o nos den consuelo.

Pero, ¿para qué gastamos tanto tiempo leyendo novelas o historias totalmente inventadas? ¿Acaso nos gusta engañarnos? ¿Acaso repelamos tanto nuestra propia realidad?

Podría resultar contradictorio decir que la literatura, esa lucubración, esas mentiras tan bien decoradas, son una forma de enriquecimiento humano.

Sin embargo, quién no ha sentido algo más que placer cuando lee un libro.

¿Quién no se ha sentido más humano, más fuerte, luego de una buena experiencia lectora o de escritura de un libro?

Entonces, cómo funciona esa naturaleza nuestra de homo litterarius. ¿por qué existe y adónde podemos llegar con ella?

La justeza del engaño

Cuando el jefe o shaman de la tribu dejaba plasmada en las paredes de las cavernas el augurio de éxito en la caza que sustentaba sus vidas, estaba plasmando la ficción de lo que podría ser.

Cuando hoy escribimos una novela sobre un mundo mediante el cual podemos expresar todo aquello que en el nuestro no podemos, estamos escribiendo lo que podemos llegar a ser.

Esta base de lo ideal va estrechamente unida a lo real y lo posible. Nuestro cerebro creó nuestro raciocinio, nos dotó de lenguaje y pensamiento.

Luego, nuestro pensamiento nos dio ideas, meras sombras en la caverna de nuestra realidad.

Pero el hecho de interactuar con esas sombras, con eso pensamiento e ideales, hemos podido desatar nuestras manos y salir a conquistar el mundo más allá de la cueva.

Así, el engaño de lo que puede ser y todavía no es, ha sido el espíritu motivador sobre el cual ha florecido la civilización humana.

Hace poco hablé en uno de mis videos sobre el pensamiento crítico. Sobre el dominio responsable que debemos hacer sobre nuestra mente y nuestra capacidad de usar la inteligencia para librarnos a nosotros mismos.

Entonces, si alguien me lo pregunta, diría que el concepto de “homo litterarius” nos es más que la antesala de ese pensamiento crítico, y tal vez, al mismo tiempo, su expresión plena.

La ficción liberadora

Retomando la idea del engaño justo, sería conveniente hablar sobre el engaño injusto.

Muchas veces pensamos que vivir a expensas de la ficción es la causa de muchos males.

Hoy, en una sociedad tan sobresaturada de información y entretenimiento, sería lógico pensar que debemos ver menos series, leer menos mentiras y poner más los pies en la tierra y observar de manera responsable nuestras realidades.

Sin embargo, esta idea se fundamenta en otro principio: el vicio y el engaño injustos

No es lo mismo estar deprimido y disfrutar de nuestra depresión, leyendo o escribiendo sobre lo que nunca podrá ser, que estar deprimido y entusiasmarnos con lo que nos podría ayudar a ser, despertar, construir, andar.

Una cosa es la ficción estéril y viciada, y otra muy distinta, la ficción como instrumento liberador, como estímulo intelectual, como herramienta de construcción y motivación.

Recuerdo uno de esos amores imposibles en mi adolescencia y de cómo alivié a mi alma a través de una novela que escribí, no para consolarme con lo que podría haber sido, sino con la reflexión constante del significado de ese amor que me atormentaba. Para mí, aquel ejercicio de escritura me hizo sanar y seguir adelante. La ficción me liberó.

La virtud creadora

De todos los misterios que encierran la naturaleza humana, de seguro que nuestro afán lector y escritor ha sido el elemento más constante desde los tiempos primitivos hasta el día de hoy.

La lectura y la escritura, como manos derecha e izquierda de la imaginación, son las evidencias de ese potencial poco explotado de nuestro intelecto.

En mis investigaciones sobre teoría de la complejidad en las ciencias sociales y humanísticas, me suelo encontrar a menudo con la evidencia de las propiedades emergentes de este sistema llamado intelecto. Pensar que él solo ha sido capaz de crear herramientas como el lenguaje o resultados de nuestros esfuerzos en la ciencia, con innumerables descubrimientos, sería como negar su existencia misma.

Nuestra naturaleza homo sapiens sapiens es solo el sostén biológico del homo litterarius que nos define como ser intelectual.

Y de él, su manifestación constante en nuestra necesidad de leer y escribir.

¿Pero acaso ese es el fin de todo? ¿Acaso son estas meras necesidades a repetir en la aburrida cotidianidad?

Pienso que realmente este es solo el comienzo de la evolución en nuestra especie. Leer, narrar, escribir, son las nuevas bases para el nuevo homo del futuro. ¿Qué piensas tú?

Andrey Viarens